Nota de prensa

Una discusión recurrente entre la gente suele ser el color del mar, si es verde o azul, una mezcla y sobre las tonalidades más claras o más oscuras. Sin embargo, estos días, por desgracia para todos, no hay duda, es marrón. Dicho así pudiera parecer una broma, pero no. Nuestros ríos no son de chocolate, simplemente estamos perdiendo suelo fértil sin remedio y sin retorno, de una manera muy rápida. Toneladas y toneladas de tierra que corren ladera abajo para colmatar embalses, ríos y acabar en el mar, como si fuera una hemorragia que nos desangra, provocando anemia a nuestros montes, con un suelo que ha tardado cientos o incluso miles de años en formarse y que en pocas horas acaba en la costa, perdiéndose para siempre. Los impactos que causa el lodo en arroyos, ríos y costa pueden llegar a ser enormes. 

No se puede andar buscando excusas en las fuertes lluvias, pues aquí son recurrentes y los bosques naturales, bien conservados, tienen capacidad para amortiguar sus efectos. Un ejemplo claro y cercano es el de Artikutza, cuya finca acaba de cumplir 100 años desde que el Ayuntamiento de san Sebastián la comprase. Allí, pueden caer 200 litros que arroyos y regatas aumentan su caudal y turbidez, pero sin tomar el color marrón de la tierra arrastrada. El embalse de Enobieta, cuando estaba lleno, no solía presentar los cambios de color que en cambio sí afectan al embalse de Añarbe. Allí, en Artikutza, se protegió toda la cuenca y el bosque que lo rodea es el mejor cuidador y garante de una calidad del agua que se buscaba con la adquisición de la finca. Aguas abajo, en cambio, en Añarbe no se ha hecho lo mismo, a pesar de que media Gipuzkoa bebe de él. En su entorno se han realizado y  se siguen haciendo cortas mediante matarrasa, que ciertamente arrasa con todo, también con el suelo, que acaba en el embalse. La calidad del agua podría verse afectada y acelera el proceso de colmatación del vaso. Por ello, desde la Asociación Naturalista Haritzalde, conjuntamente con otras asociaciones conservacionistas, llevamos años solicitando la protección de toda la cuenca del Añarbe como mejor garantía para la calidad del agua y nuestra propia salud. ¿Tan difícil es hacer lo que se hizo en Artikutza, más teniendo en cuenta que más de la mitad ya tiene protección? Acaso, ¿eran más inteligentes y adelantados los políticos de principios del siglo XX, que los de ahora? ¿Aprenderemos algo de esta crisis ecológica que ahora es también sanitaria? 

El problema, sin embargo, es de toda Gipuzkoa y es consecuencia directa de la política forestal que impulsa la Diputación Foral de Gipuzkoa. Esta prioriza el beneficio económico de unos pocos, anteponiéndolo al interés general y colectivo, provocando una pérdida del parimonio natural y la riqueza biológica común. Quizá los propietarios sean los dueños legales de la madera que explotan, pero no lo pueden ser del aire, del agua o del suelo de sus terrenos. No les pertenece, no es suyo, y que se dañe, nos afecta y concierne a todos. La Diputación y sus acólitos impulsan una explotación forestal industrial intensiva, basada antes en el pino insignis y ahora en el exótico invasor eucalipto o en la también foránea criptomeria. Parece que las especies autóctonas no les sirven. Luego nos venderán el amor patrio a la tierra y a lo de aquí, mientras esquilman los recursos de todos.

Y es que en Gipuzkoa las pendientes son pronunciadas, pero les da igual, no tienen problema en impulsar los monocultivos de ciclo corto, llenan los montes de pistas, cortan a matarrasa y emplean maquinaria pesada. En consecuencia, no queda nada tras la tala y los trabajos posteriores. Los montes quedan desnudos, sin vegetación que los proteja y la tierra fértil se pierde a raudales con las primeras lluvias fuertes. Perdemos sustrato, perdemos biodiversidad y nos empobrecemos, mientras unos pocos Señoritos, que además suelen vivir en las ciudades, ganan dinero a costa de todos. Pero es que además la Diputación los subvenciona con el dinero de todos, en lo que supone una gran estafa para los ciudadanos. Con los actuales dirigentes, con la Directora de Montes a la cabeza, se ha dado un enorme retroceso en la política forestal y en la conservación que nos retrotrae por lo menos 50 años atrás.

No se puede estimar la enorme pérdida ecológica que llevan las políticas actuales, pero la económica viene pareja. Algunos parecen no haberse dado cuenta que nuestra propia salud está íntimamente ligada a la conservación de la biodiversidad. El coronavirus ha dejado en evidencia la necesidad vital de un cambio profundo y nos brinda una oportunidad histórica para hacerlo. Ya es hora de apostar por nuestros bosques, los autóctonos, de dejar de lado monocultivos y sistemas de explotación intensivos y agresivos. Hay que prohibir o limitar al mínimo las matarrasas y es hora de proteger el suelo y la red hidrológica, ríos y arroyos, acuíferos. Cuidemos el bosque y veremos nuestros ríos limpios, el mar volverá a ser azul y la biodiversidad aumentará y nos protegerá.