Nota de prensa

Por enésima vez. En la pradera superior, donde hasta antes que llegaran la escultora Cristina Iglesias y su amigo el alcalde de San Sebastián Eneko Goia había que andar a saltos para no pisar los huevos de los nidos esparcidos por el suelo de las aves marinas que viven y crían en San Sebastián. Donde el paraíso se llama ISLA SANTA KLARA porque sólo se puede acudir en verano y a la Naturaleza 185.000 ciudadanos donostiarras la respetan y la dejan en paz. Por ese respeto colectivo, Santa Klara ha llegado a ser PARAÍSO. Paraíso de San Sebastián.

Es la diferencia entre la isla y Urgull: La colonia nidificante de aves marinas; porque Urgull lo visitamos todos los días del año y la isla no. En mayo, cuando las eclosiones acontecen y las flores se despliegan al sol. Donde y cuando la inmensa mayoría de la gente se alegra y se satisface de ser y pertenecer a la Naturaleza. Ahí, en la pradera de la biodiversidad, han hecho una hoguera de grandes dimensiones como si fuera la noche de San Juan.

Han vuelto a conformar una montaña de residuos, gomas, plásticos y basura, lo han rociado con gasolina y le han dado fuego. Todo con los residuos de la ejecución del proyecto de obra de Cristina Iglesias. La colonia de aves marinas se ha horrorizado, ahuyentado y alarmado. Puestas con los huevos fríos y embriones muertos, pollos sin poder escapar y asfixiándose por respirar humo negro, sonidos de alarma aquí y allá, pánico de los padres a regresar junto a sus crías. Y mofas, muchas mofas. En enero el gobierno municipal afirmó tratarse de una hoguera para que los operarios se calentaran las manos y ahora “rastrojos y madera” ¿De humo negro? ¿Dónde está la concejala de Ecología Marisol Garmendia? ¿Dónde el concejal de Cultura Jon Insausti que le llama cultura a romper un faro? ¿Dónde están “los sabios” que se dedican a vivir de las subvenciones públicas de las denuncias y propuestas del voluntariado? ¿Y el señor
alcalde? Están intentando normalizar un proyecto medioambientalmente injustificable.

Han tratado a los donostiarras por idiotas. Dijeron que era un regalo de Cristina Iglesias a la ciudad, pero han gastado más de 4 millones de euros de las arcas públicas por el proyecto de la escultura en plena crisis sanitaria mientras que un montón de pequeños establecimientos se han hundido y les han acribillado a tasas e impuestos. Nos rompieron el faro y se apoderaron de su lugar emblemático en beneficio de la industria turística. Talaron árboles para que su proyecto se viera mejor desde la ciudad. Pusieron focos nocturnos potentísimos en la fachada del edificio, en perjuicio de los ciclos biológicos de la fauna silvestre que allí vive y a cuenta de una factura pública y colectiva, en beneficio del negocio privado de la señora Iglesias. Se negaron a poner la escultura en el Paseo Nuevo, donde la afección medioambiental era nula. Trasladaron toneladas de tierra de la base del edificio del faro a la pradera donde las aves descansaban y criaban. Han quemado residuos allí una vez sí y otra también, incumpliendo la Ordenanza Municipal de
Recogida de Residuos Urbanos que califica como infracción grave quemar residuos en terrenos públicos o privados.

No han solicitado permiso para la quema al Servicio de Prevención, Extinción de Incendios y Salvamento (bomberos), provocando la ocupación de las líneas telefónicas de urgencia de ciudadanos alarmados que querían avisar y obstaculizando la conexión de otras llamadas de urgencia. Los propulsores de la industria turística privada con los más de 4 millones de nuestro dinero público, han anunciado que las visitas a la escultura se ampliarán más allá de la temporada estival y ya han puesto precio para octubre: 30 euros/persona. 125 personas/día mientras que dure la pandemia. 250 personas/días después de la pandemia (o vacunación). Su aspiración es ampliar las visitas a todo el año a cambio de la desaparición de la colonia de las aves marinas. Es decir, quieren que 7500 personas vinculados a este negocio privado visiten la isla cada mes, o lo que es lo mismo, 90.000 personas al año y recaudar en torno a 270.000 euros anuales. Ya os avisamos: masificación como en Gaztelugatxe y grave deterioro de nuestro Patrimonio Natural.